Una de las conclusiones que arrojaron casi dos años de encuestas promovidas para conocer las preferencias electorales y la intención del voto, fue la marcada tendencia de los costarricenses de alejarse de la cosa pública. Quizás una de las debilidades de las encuestas o sondeos de opinión es que no llegan a determinar la calidad de políticos o gobernantes que tenemos, y aún más, la calidad de ciudadanía.
Pongamos sobre el tapete aquella frase sabia y muy significativa para nuestros tiempos: “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece” (B. Russell). Cuando un pueblo desatiende su responsabilidad de gobernar y saber elegir a sus representantes, se incurre en lo que hasta ahora ha sido la forma de hacer política de muchos que han visto en ella un medio para saciar sus intereses.
De ahí que no tuviéramos que sorprendernos o derramar lágrimas por los escándalos provocados por los “supuestos” actos de corrupción en que incurrieron algunos personajes de la política. Esa es la forma que asumieron los asuntos públicos; es más, esa es la libertad que se les permitió. Cuando se concede a la llamada clase política un “cheque en blanco” para que haga y deshaga, cuando no se pide cuentas, cuando se asume el “port’a mí”, pues simplemente se cae en esa sensación de decepción y de frustración.
Pero no se trata de sentarse a llorar sobre la leche derramada asumiendo la posición que muchos han tomado de manifestar cándidamente su rechazo hacia la política. Uno puede no tener afiliación partidaria o incluso desconfiar de los partidos, pero hay que entender que la política no es meramente lo que se conoce como emisión del sufragio o de política electoral, la labor del presidente en turno o de los diputados, etc. Es más que eso. Se trata de la dinámica de una sociedad, de sus problemas y la búsqueda de las soluciones necesarias; se trata del ejercicio del poder para incidir en la voluntad de los distintos grupos sociales y así tomar ciertas decisiones. Y a eso estimado(a) lector(a) NO SE PUEDE RENUNCIAR. La realidad nos afecta a todos y todas. Para cambiarla hay que estar dentro de ella, asumiendo distintas posiciones, participando desde los distintos ámbitos posibles.
Lo peor que nos puede pasar como país o como sociedad es perder la fe en la Democracia, en el Estado Social de Derecho y en las distintas instituciones que brindan bienestar y calidad de vida. Y eso implica política. Eso sí, cuando se habla de Democracia, no se trata de asumir esa idea de elecciones para designar a nuestros gobernantes o libertad de expresión o pensamiento o de formar parte de un sindicato o agrupación como ha sido la costumbre entenderla; es más bien entender la Democracia como una forma en sociedad de mejorar nuestra calidad de vida, y que todas las personas tengan acceso a un mínimo de condiciones (oportunidades laborales, de ascenso social) para un futuro mejor.
Volviendo al tema de la política, decimos que somos un pueblo culto y educado. Sin embargo, a veces no nos comportamos como tal; somos poco o nada exigentes para saber elegir a nuestros representantes: nos conformamos con una linda sonrisa, un lema o canción pegajosa, un apellido familiar o generacional o peor aún, con el bono o la casa que nos darían si ganara un determinado partido. Por ello es que si llega cualquier hijo de vecino a determinados puestos de trascendencia para el país y que no le aporta absolutamente algo positivo, alguien le dio el poder, o por el contrario, quienes no brindaron su apoyo a ciudadanos más capacitados permitieron que las menos preparadas fueran elegidas.
Así pues, el Tico o la Tica que se sienta defraudado por la situación que atravesamos no puede simplemente sentarse y decir “no quiero nada con la política”.
¿Habrá renunciado la sociedad a un futuro mejor? Por nuestro propio bien, por el de nuestros hijos e hijas, por las futuras generaciones ojalá que no.